globalizada soledad


      Sudor que recorre la piel, sol que brilla en lo alto del claro azul del cielo. Árida tierra que piso. Años he pasado entre tanta soledad, rodeado por montañas de tierra que como vienen se van. Un sueño me viene a visitar, noche tras noche pienso la forma de marchar y dejar todo esto atrás. Mil hermanos han marchado ya, buscando en ese otro lugar una nueva vida en la que poder sentirse vivo de verdad. No se puede vivir de la caridad, sufriendo día tras día por poder encontrar un trozo de pan con el que alimentar los cuerpos cansados, quemados por el calor envejecidos por el sol. En ella la marca que la historia nos quiso dejar, un color al que despreciar.

      Nunca hemos tenido hogar, en todos lados hemos sido forasteros mal avenidos, y en nuestra propia casa mal tratados por intrusos, que desde siempre han implantado a la fuerza su poderío. Ahora con la casa a cuestas sin una sonrisa en la cara dejamos todo lo nuestro para buscar fortuna lejos de aquí, cruzar el mar sin saber que nos va a deparar, arriesgando una vida pasada para encontrar una mejor.

      A bordo de una pequeña embarcación, sentado junto a mis hermanos de piel, sin más equipaje que la ilusión emprendemos un viaje sin saber como ni cuando será el retorno.

      Mil olas chocan contra la frágil estructura de la lancha, me pregunto si podrá resistir tan fuerte marea, enrollados por una agujereada lona, intentamos dormir, respirando el cargado aire con el insoportable olor de vómito, que los más débiles no han podido evitar.

      El mar balancea a su merced tan insignificante bote, tan insignificantes vidas, este mar que tantos naufragios se ha cobrado, sepultura de tantos sueños.

      Han pasado las horas más tensas, llega la calma de la orilla.

      La noche esta algo nublada, por fin hemos salido de debajo de tan pesada lona. La barca se aleja poco a poco, inicia la vuelta, para recoger más pasajeros dispuestos a realizar el viaje.

      Estoy pisando una nueva tierra un nuevo país, y lo único que siento es temor. Nadie sabe que hacer, estamos en una playa que no conocemos.

      Luces destellantes se acercan, sirenas que rompen la noche. Corrí por la playa descalzo hasta salir de esta. Un par de chicos apoyados sobre la chapa de un todo terreno de la Guardia Civil. EL viaje ha terminado para ellos, será devueltos y de nuevo a empezar, más pronto o temprano lo volverán a intentar. Más adelante otros que como yo han logrado escalar el pequeño precipicio y han logrado escapar.

      Está amaneciendo, siento frío en el cuerpo.

      He dejado mi casa, me persiguen y no se que me pasa, sin pasaporte y sin risa voy caminado contra la corriente y la brisa.

      Como un mendigo, voy pidiendo trabajo con el que ganarse el pan. Algunos por compasión aceptan mi ofrecimiento, la paga, un palto caliente y un cacho de pan, tras una dura jornada.

      Que duro es el principio, has de aceptar lo que te ofrecen, agachar la cabeza y rezar. No pensar en lo que quedo atrás, o puedes volverte loco de verdad.

      Levantarse a la seis, terminar a las diez. Carretillas llenas de cemento, ladrillos y calderetas que llevar, insultos que soportar, ojos que miran mal, es todo lo que ofrece una hostil sociedad que espoleada por una frágil economía intenta defender inconscientemente sus intereses. Porque tanto recelo, acaso un blanco soportaría el trabajo que ocupo en su lugar, humillado y explotado no hay tiempo para odiar.

      Unas sandalias, un pantalón y una camisa, tres meses de sueldo para poder disfrazar quien soy, para poder viajar en ten sin llamar demasiado la atención, sin que se meta conmigo ningún guardia de seguridad. Con el poco dinero que he podido ahorrar, abandono el sur. Dejo mi sitio para los que puedan venir detrás. Marcho hacia el este, buscando la costa, tal vez allí mi surte cambie.

      La llegada del verano es propicia para la gente como yo, el turismo de las costas, está deseoso de fiesta, discotecas pubs. Que mejor que la gente como yo, sin papeles, sin contrato. Trabaja todos los días, en las puertas de estos palacios del ocio, para intentar atraer a la gente. El trabajo es mejor, nos es nada pesado y a veces incluso es agradable, conoces a gente nueva, gente a la que no les importa compartir una copa conmigo, a la que no recelo con el color de mi piel, gente que te hace olvidar.

      Colegas a los que las cosas les ha ido mejor, un trabajo estable, un sueldo pasable y una traicionera integración en este sistema, se acercan por aquí, te dan una palmada en la espalda y te hacen ver que no todo es imposible.

      Pero pasan los meses, la gente vuelve a sus casas, las discotecas están medio vacías, y ya no eres útil, de nuevo volver a empezar la historia de nunca acabar.

      Con algo más de dinero en el bolsillo, busque algo nuevo. De fiesta en fiesta de pueblo en pueblo, con la mercancía en la baca de un viejo coche, al lado de dos compañeros, recorremos las carreteras para vender.

      Las cosas no van tan mal, con suerte y simpatía se puede hacer algo de dinero. Hasta que de nuevo la diferencia de las razas ley de vida juega su papel.

      El coche destrozado, la mercancía quemada, y un compañero apaleado, por una pandilla de jóvenes maleantes.

 

      Neo-nazis, cabezas rapadas, ultras, nunca sabremos quienes fueron, a la policía le es igual, no tenemos ningún derecho, ningún amparo legal.

      Cuantas patadas más tendré que soportar, que es lo que quiere esta gente, que nos rindamos, que volvamos a nuestro lugar, allí tenemos mucho que perder y poco que ganar, aquí al contrario, con esperanza y valor todo vendrá, con la fe puesta en mi Dios dejo que me guíe hasta el final sea cual sea. No me rendiré por una pandilla de inconscientes sin humanidad, la violencia no tiene poder de convicción cuando las ideas son claras, cuando se está seguro de lo que uno quiere.

      Que frío que es el invierno cuando se pasa en soledad. Que largas son las noches cuando no se puede dormir, que largos los días sin motivos para vivir, corazón desesperado, pies cansados. Con la mente llena de ilusiones, camino por este largo sendero, esperando encontrar al final un buen destino, imaginando un mundo perfecto paso las horas, recordando mi tierra y a los míos, que será de ellos, recuerdo el vacío del desierto, tan parecido al vacío que ahora siento, hablo, pero nadie me escucha, me muevo pero nadie me mira, es tan amarga la soledad en compañía.

      De nuevo el verano, ha pasado por fin el frío. El sol reluce en lo alto, el día se alarga. Con él, llega la recogida de fruta, miles de hectáreas que recolectar, y para ello nada mejor que una mano de obra lo más barata posible.

      Junto a un par de marroquíes, un par de gente del pueblo, empecé mi nueva jornada. Las siete de la mañana, el tiempo es ideal, no hace frío, y el sol no es pesado. El cuerpo dolorido de descansar sobre un suelo duro, se pone a trabajar. Estos campesinos, que al igual que nosotros buscan un salario, son gente sencilla, preguntan y desean que les contemos las costumbres de nuestra gente, los motivos de nuestro viaje.

      Hay quien lo entiende, lo más cerrados, duros de pensamiento, bromean con doble intención creyendo saber el motivo, el porque estamos en esta situación, no hay ganas de trabajar, pocas ganas de insertarse correctamente en esta sociedad, que sabrán, acaso han vivido algo similar. "Moro haz esto, negro haz lo otro", palabras sin mala intención que hieren cualquier corazón, tras ellas se oculta un sentimiento de rechazo.

      Aquella fruta que sobra, la mala, la que el comprador rechaza, servirá para alimentarnos, los campesinos no la quieren, ellos cuando lleguen a casa tendrán la comida preparada, sin embargo para nosotros será lo mejor que comeremos durante  algún tiempo. Como mendigos en un basurero, recogemos la fruta caída. Ellos hacen burlas, si supiesen el hambre que se pasa en el mundo, la mayoría del pueblo donde vivía no ha probado nunca cosa tan deliciosa, lo que ellos desprecian para nosotros es manjar del cielo.

      Los días van pasando, la gente se ha acostumbrado a vernos, los recelos del primer momento se han perdido, incluso nosotros podemos bromear con ellos, una botella de vino, un plato de comida caliente, detalles ganados a pulso que no tenemos forma de agradecer, dame un motivo y te daré mi vida es lo único de valor que poseo. Hay forma más sencilla de ganarse una persona, no pedimos riquezas, que nos den lo que no nos merecemos, simplemente buscamos un poco de comprensión.

      Ahora tengo una casa donde vivir, un techo encima de mi, un sueldo con el que poder comer, un trabajo y algunos amigos.  Que más puedo pedir, mi sueño se ha cumplido. Ahora trabajo para alguien, yo cuido sus tierras y el cuida de mi.

       Me ha dado una pequeña casa cerca de su caserío, siempre cerca por si hiciera falta, unos cuantos caballos, dos perros y unas aves son toda mi compañía.

 

      Miro la tierra desierta, el sudor que refresca y es que el sol ya no quema. Pronto crecerán lo que hemos plantado, y el trabajo dará su fruto. Porque nuestro Dios no nos dio una tierra como esta donde poder vivir por siempre sin vernos obligados a abandonar lo nuestro, donde toda semilla brota con fuerza arraigando en lo más hondo, y donde sólo la mano del hombre harán que las raíces mueran.

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