los hombres del campo en Argentina luchan contra la dictadura de la soja


 

Nahuel, en la huerta de la Cooperativa de Trabajadores Rurales de San Vicente. Foto: Verónica Iglesia.

FEDERICO PEÑA – Buenos Aires – 16/06/2008 19:57

Una alfombra verde se extiende como una mancha voraz en Argentina desde hace 15 años. En ese tiempo, cada píxel de la foto del campo de este país austral ha ido cambiando los colores del trigo, el maíz y los bosques originarios por un verde dólar.

En la postal, los campesinos brillan por su ausencia. Apenas se distinguen algunas cosechadoras, tractores y fumigadoras. Así es más de la mitad de la superficie cultivable de Argentina, la foto que más le duele a Rosalía Pellegrini: "Eso no es el campo. La soja no se sirve en nuestra mesa. Queremos demostrar que hay una alternativa".

Esta joven dejó la carrera de Ciencias Políticas para fundar la Cooperativa de Trabajadores Rurales de San Vicente, a 70 kilómetros de Buenos Aires. Junto a otras 20 personas optó por el trabajo campesino comunitario con conciencia ecológica. Pero el gran sueño es "sentar las bases para volver al campo" y corregir los desequilibrios generados por la revolución de la soja en el mapa agrario argentino para devolver al otrora granero del mundo su soberanía alimentaria.

Detrás de su incontestable éxito económico y de su no cuantificable aporte como motor de la recuperación de la crisis de 2001, la soja esconde graves efectos secundarios. "Desde 1990, la sojización argentina ha profundizado el proceso de concentración de tierras iniciado en la dictadura. Cerca de 300.000 campesinos han sido expulsados de sus tierras. Hablamos de indígenas y poblaciones originarias que han sido desplazados de sus hogares a las villas miseria de las grandes ciudades", explica Daniel Martín, titular de la cátedra de Sociología Rural del Instituto Gino Germani de la Universidadde Buenos Aires.

Pero esta leguminosa también tiene su cara positiva, según Martín. Permitió la subsistencia de productores agropecuarios acuciados por las deudas y al filo de la expulsión de sus tierras en los duros años que vivió el campo durante el menemismo. "Los que están en las rutas, en su mayoría pequeños productores, pudieron quedarse en sus tierras gracias a la soja. Es decir, que el cultivo que expulsó a miles de productores es el que permitió quedarse a otros. El drama es que éstos están obligados a defender lo mismo que los grandes productores. Atentan contra sí mismos", dice.

Padre de siete hijos, Genaro Obispo Maza nació en la provincia de Santiago del Estero hace 38 años. Con la llegada de la dictadura en 1976, su familia fue desalojada de su tierra y se mudó a la capital provincial. Al igual que un millón de santiagueños -más numerosos que los 800.000 que permanecen en la provincia-, Genaro repitió el éxodo, esta vez a los superpoblados suburbios bonaerenses.

La mayoría de los inmigrantes llegados a este cinturón son como Genaro. Fueron extirpados de su origen rural y llegaron con el sueño de conseguir un trabajo. Pero lejos del éxito, en el asfalto los esperaba el hacinamiento en barrios chabolistas, una tasa de desempleo del 34% y el más absoluto abandono del Estado.

"Yo nací campesino, no como los que salen a las rutas (en las protestas contra el Gobierno de Kirchner), que solo quieren llenar sus bolsillos. No les importa la tierra. Míreles las manos". Por los surcos de las suyas deja caer a la tierra unas semillas de pimiento que crecerán en la huerta de la Cooperativa de Trabajadores Rurales de San Vicente, donde Genaro trabaja ahora.

Vender "a pulmón"

Dentro de estas dos hectáreas de tierra fiscal abandonada, la huerta de la cooperativa crece a base de zapallo (calabaza), lechuga, col, pimiento, tomate y otras verduras y hortalizas. También crían gallinas y venden pollos y huevos. La venta es en bicicleta a los vecinos de la zona y por medio de la Red Tacurú, que comercializa sus productos con etiqueta de comercio justo en la capital. "Todo es a pulmón, todo es de a poco. Pero a nosotros nos alcanza para el autoconsumo. Claro que es una vida muy austera", dice Nahuel, uno de los fundadores.

Pero, se mire por donde se mire, la soja es imbatible, aún con el aumento de los impuestos a las exportaciones aprobado el pasado 11 de marzo. Su precio internacional hace saltar la banca. Al exportarse el 95% de su producción, el Gobierno no regula sus precios internos, como lo hace con el maíz y el trigo. A diferencia de otras semillas, además, crece en suelos pobres y resiste mejor que ninguna las adversidades climáticas y las plagas. Estas condiciones la transformaron en un monopolio. Si en 1990 había un millón de hectáreas de soja en Argentina, para 2001 ya ocupaba 11,5 millones de hectáreas. En su segunda fase, avanzó a golpe de escopetas y abogados sobre las tierras de poblaciones y bosques nativos. El resultado son 16,9 millones de hectáreas de soja, más de la mitad de la superficie cultivable del país.

La figura de los fondos de siembra, que entró en escena a comienzos del milenio, explica una parte de la ecuación. Si en la década de los noventa el negocio estaba en los bonos estatales, desde el año 2000 el mayor beneficio está en la soja. Provistos de dinero, pero sin tierras, estos colectivos de inversores alquilan campos en distintas zonas del país, lo que les ahorra riesgos climáticos y les permite multiplicar sus ingresos gracias a que existe un gran mercado para este producto. El interés que pagan por sus créditos es menor que el de los pequeños productores porque tienen menos riesgo.

Ante este paradigma, pocos terratenientes se resisten a alquilar sus tierras a precio de oro y riesgo cero. Cambian la producción por una vida de rentas. Así se explica que el 70% de la superficie cultivada con soja en Argentina sea en campos alquilados. Dado que no se cumple la ley de arrendamientos, que obliga a contratos de tres años, lo que obligaría a rotar los cultivos, la ley del mejor postor –el productor de la legumbre- se impone. El monocultivo verde se ha vuelto una constante, incluso a riesgo de desertificar la tierra y quitarle sus nutrientes.

La revolución es de tal magnitud, que los alquileres ya no se miden en toneladas de carne de vaca sino en quintales de soja. La vaca de carne y hueso también ha sido desplazada a zonas agrícolas marginales o a ‘feed lots’, unos graneros compartimentados en cubos de 3 metros cuadrados donde comen piensos en lugar de pastar libremente por los campos, como dicta la tradición gaucha y exige el diente cárnico de los argentinos.

"El modelo neoliberal de la década de los noventa se ha trasladado al campo", dice Martín. Lejos de percibir una solución al dilema de fondo, producto del pulso entre el Gobierno y los productores en las carreteras por el aumento de los impuestos a la soja, este sociólogo ve con escepticismo el papel estatal. "Está claro que se discute quién se queda con la renta. Pero nadie pone en cuestión el modelo productivo que se da con la soja, laminería y los hidrocarburos, que amenazan con vaciar el país", se queja.

Contra los desalojos

Su fe, en todo caso, está puesta en los diferentes movimientos campesinos indígenas que, según sus datos, aglutinan a unas 500.000 familias en todo el país. Estas organizaciones surgieron a comienzos de la década pasada para denunciar las amenazas -con armas y matones, contaminando sus aguas o matando sus animales- y frenar los desalojos forzosos por parte de los empresarios sojeros. Así surgió en 1990, con una veintena de familias y unas pocas hectáreas de tierra, el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase-Vía Campesina). Hoy suman 15.000 familias distribuidas en cuatro puntos de la provincia desde donde se frenó el avance de la invasión sojera.

Cristina es coordinadora de la localidad de Pinto, donde 400 familias comparten 4.000 hectáreas. Allí crían todo tipo de animales y cultivan zapallo, maíz, sandía y sorgo, entre otros. De soja ni hablar. Para frenar el éxodo y convencer a los campesinos de que la unión hace a la fuerza, han tenido que hacer de todo. Si las condiciones de vida en esta provincia son lamentables -faltan caminos, escuelas y hospitales-, en las áreas rurales son peores. Tras más de una década de cooperativismo, enseñando el trabajo de la tierra y creando cadenas productivas, Cristina dice que el trabajo pendiente es mucho, pero que su base es sólida. "Todo lo que se come en nuestra provincia, sale de nuestras tierras",
ofrece como dato.

Mientras el pulso entre el Gobierno y "ese campo" sigue por otro carril, Cristina apunta contra los dos bandos: "Cuando el Gobierno quiera discutir el modelo agropecuario neoliberal y no números, allí nos tendrá para trabajar en pos de la soberanía alimentaria de nuestro pueblo".

"Este es un cultivo a prueba de boludos"

La soja transgénica -o genéticamente modificada-, introducida a principios de la década de los noventa y reconocida oficialmente desde 1996, crece en suelos no aptos para otros cultivos, resiste como ninguna las inclemencias del tiempo, tolera el uso de herbicidas y fertilizantes a gran escala y no requiere de gran cuidado. Por eso le llaman yuyo (la hierba que crece sola en el campo).

A diferencia del maíz y del trigo, que requieren de conocimientos, "la soja es un cultivo a prueba de boludos". Esta expresión, acuñada por los hombres del campo, encierra el éxito de la patria sojera, el cáncer del campo para los ecologistas y las agrupaciones campesinas.

Una de las consecuencias más devastadoras del éxito de la leguminosa ha sido la deforestación para ganar superficie cultivable. En el período 2002-2006 dejaron de existir 1.108.669 hectáreas de bosque nativo en el país producto de la expansión de la frontera sojera. Esto significa una pérdida de 277.000 hectáreas por año, 760 por día, 32 por hora, una cada dos minutos.

Desde 1996, en Salta y en Santiago del Estero desaparecieron 414.936 y 515.228 hectáreas de bosques originarios, respectivamente. Las comunidades indígenas desplazadas y la biodiversidad de estas provincias fueron las que pagaron más cara la adaptabilidad de la soja transgénica. Por la ausencia de personas y la omnipresencia del cultivo, los campesinos han bautizado a la soja como "desierto verde".

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