40 AÑOS (NARRATIVA)


Poca era la luz que dejaba entrar la ranura de la ventana. Despacio para no tropezar con nada me acerqué hasta ella y con cuidado forcé las oxidadas bisagras que terminaron por ceder. La luz hizo brillar el crucifijo de plata ennegrecida que había colgado encima del cabezal de la cama. El colchón enrollado sobre los rojizos muelles, el baúl de los secretos, aquella enorme percha que en los días de tormenta perturbaba mi sueño y el caballo que ya no podía balancear sus estropeadas patas. Todo estaba tal como lo recordaba, solo el verde moho que cubría las paredes, el polvo que tapaba hasta el dibujo de las baldosas, hacían pensar que también el tiempo había pasado por aquella habitación.

El resto de la casa mantenía su lucha particular con las termitas, la humedad y el tiempo. Las vigas de gruesa madera resistían en lo alto sujetando el agujereado tejado. A medida que recorría los pasillos y abría las puertas de las habitaciones, venían a la mente recuerdos de una infancia perdida.

Las paredes parecían hablar, escuchaba el susurro de mi madre en la cocina cantando aquellas viejas canciones con la que la radio le ofrecía su compañía, las pisadas de un hombre cansado de trabajar todo el día en el pesado campo al amparo del azul del cielo y que buscaba su recompensa en la mecedora junto la fuego, aquel dulce olor que despedía el calor de la chimenea, aquellas historias ambientadas con el fino y agradable humo de un cigarrillo enrollado cuidadosamente por las manos temblorosas de mi abuelo, las quejas y rabietas de mi hermano pequeño que a todos lados me seguía.

Recuerdo que el tiempo se encargará de enterrar cuando los cimientos sean remplazados por otros nuevos.

Los zarzales y enredaderas cubren la parte delantera, el algarrobo seco da un toque de tetricidad a las ruinas que rodeadas por nuevos y flamantes edificios me disponía a dejar. Solo una última ojeada a aquel oscuro corral donde pase tanto tiempo jugando entre los montones de paja, con los conejos que correteaban por el suelo, con aquel viejo mulo que apenas soportaba nuestro peso y Moro mi mejor y más fiel amigo que nunca dejaba de ladrar cuando deseaba jugar.

Algo alejado del pueblo, rodeado por espesos pinares y envuelto por el agradable sonido de un riachuelo que rompe el respetuoso silencio descansan los restos de las personas que más quise aún cuando estaba lejos de ellos. Ahora descansan juntos en aquello que llamamos eternidad. No se rezar, no se que puedo decir, solo me queda contemplar las fotografías de unos ojos vivos de una sonrisa llena de esperanza.

Alguien se acerca desde el fondo, lo ignoro sin mover mi mirada. Se detiene tras de mi.

– Hasta mezclado entre la multitud y después de cuarenta años te reconocería sin dudar.

Dijo al tiempo que apretaba mi hombro con sus fuertes manos.

Su ojos estaban húmedos, su espesa barba no impedía ver la leve sonrisa que sus labios no podía disimular. Un hombre de aspecto bonachón, de espalda ancha y pronunciada barriga, la piel morena casi quemada por el sol. Ha sido mucho tiempo pero el corazón no engaña.

– Mamá soñaba con verte de nuevo algún día, papa intentaba hacer ver que no le importabas pero se moría por dentro a medida que las noches pasaban y tu no volvías y yo rezaba cada noche de rodillas en tu cama para que El te iluminase allá donde estuvieses y hoy gracias a Dios has vuelto.

Su desgarrada voz acarició mi oído y llegó hasta adentro sin dejar que pasara el aire por mi garganta. Sus brazos intentaban romper mi espalda cariñosamente.

– También yo deseaba más que nada en el mundo volver a casa pero bien sabe aquel que de todo es testigo que por mucho que lo he intentado no me ha sido posible hasta este día.

El tiempo se detuvo en aquel lugar, de pie frente al blanco mármol donde grabados estaban sus nombres hablamos durante horas diciendo aquello que tantos años habíamos estado esperando decir, el vacío de la ausencia, el obstáculo de la distancia la opresión de un ideal, heridas que el tiempo no ha llegado a cicatrizar que la mente no ha llegado a asimilar y que el corazón jamás llegará a perdonar. Ahora los lamentos no sirven de nada y el rencor que arrastro queda apartado, solo los recuerdos maravillosos de aquellos años llenos de felicidad e ignorancia son importantes al estar de nuevo juntos.

– Desde aquel día que no volvió a escuchar una canción, salía todas las noches sin importarle el tiempo que hiciese, encendía el candil y lo colgaba en la entrada para que tuvieses luz si volvías por la noche. Pasaban las cálidas noches de verano sentados en la mecedora bajo las ramas del algarrobo, sus mentes lejos de este lugar intentando encontrar allí lo que aquí habían perdido. Fue mucho más que un hijo lo que había marchado, fueron las ilusiones puestas en un futuro, las ganas de vivir junto a los suyos y de mantener aquello que tantos años de esfuerzo les había ocupado.

Tan solo fue necesario un día para parar toda una vida y romper las ilusiones, deshacer aquellos sueños que no por humildes y sencillos dejaban de ser importantes.

Yo crecí con el corazón oprimido, intentando llenar la mitad que quedó vacía, cada ladrido de Moro hacía que mi corazón palpitase acelerado y los ojos despertaran del sueño profundo esperando ver llegar una sombra que me fuese familiar, pero era demasiado joven para afrontar un reto en el que ni tan solo creía poder superar, demasiado joven para aceptar aquello que Dios impuso a mi corta vida y terminé por rebelarme contra él y contra lo que un hombre había logrado con su ego y ese falso ideal.

A medida que el candil gastaba su aceite, sus ojos perdían brillo y su sonrisa ya no se dejaba ver. Sus pasos eran cada vez más cansados y débiles.

Pasaron los años sin cambios ni alegrías, se fue perdiendo la esperanza de aquello con lo que nos habían enseñado a creer, quedan lejos las palabras de consuelo cuando se ha perdido por completo la fe, cuando la resignación es todo lo que la mente llega a aceptar.

Dejó el candil encendido. Durante cuarenta años ha permanecido la llama en la puerta esperando vuestro regreso. Cuarenta años de interminables noches de oscuros días. Cuarenta años en los que solo la esperanza de seguir el camino de la vida han mantenido la llama encendida. Cuarenta años en los que pudieron oprimir nuestros pensamientos, marcar los pasos de millones de personas, hacer de nosotros simples muñecos movidos por sus manos. Muñecos a los que a pesar del paso de los años no pudieron controlar su corazón, manteniendo siempre libres nuestros sentimientos.

exodo  nopasaran

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2 comentarios to “40 AÑOS (NARRATIVA)”

  1. Sencillamente: Me ha encantado!!!  Los recuerdos gratificantes no se deben de rechazar nunca, los malos se encarga la mente de borrarlos.

  2. Bonito relato, la ausencia crea desesperanza poco a poco, es un lento goteo que quema la ilusión.La vuelta estará llena de recuerdos que el tiempo no puede cambiar.
    Un beso…

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