MARES DESIERTOS (R.T.H.)


Hay cinco ciudades en el mundo, de las que todos hemos oído hablar. Ciudades de ensueño, descritas en miles de libros de diferentes autores, visitadas en cientos de películas, documentales e informativos, seguro que a cualquiera de nosotros sin haber estado en la Quinta Avenida de N.Y, si nos dejaran en mitad de ella solo con voltear la vista podríamos visualizar a nuestro actor preferido en una de sus películas, esa tienda a la que siempre hemos soñado entrar a comprar como lo hizo aquella actriz, y seguro que tendríamos la sensación de haber estado allí antes. Así podría hablar de París, ciudad del amor, donde parece que una pareja jamás podría ser infeliz, solo con cerrar los ojos puedo dibujar la Torre Effiel, el reflejo de las luces alumbrando las turbias aguas del Sena. Londres, París, Roma, Nueva York, Tokio, etc. Aquel año había decidido pasar la última noche del año en algún lugar diferente, hacer un viaje donde hallar nuevas sensaciones y ver cosas que nadie me podía enseñar.

Durante el año que prepare el viaje, tuve tiempo para intentar aprender algo de la cultura en la cual me iba a desenvolver durante casi veinte días. Buscando en la red encontré algunas paginas que daban ciertas nociones sobre el Bereber antiguo, lengua que aún hoy algunas tribus entre ellas los Tuaregs siguen utilizando sobre todo para hablar pues pocos conocen la lectura y son incapaces de descifrar los símbolos que la componen. Indagando, encontré interesantes artículos que hablaban de esta idioma como la lengua de los Dioses, su escritura apareció ya hace unos nueve mil años, y su peculiar composición pues esta se puede leer en cualquiera de los sentidos, hacia arriba, abajo, derecha e izquierda e incluso en espiral hacen del Bereber una de las más complejas lenguas creadas por el hombre.

Llegó aquel doce de diciembre, el destino la ciudad de Sabha, en la parte central de Libia, mis compañeros de viaje Adrrasin y Etderre, dos guías descendientes de los Tuaregs conocedores del árido desierto.

Una vez cargados de provisiones los dos todo terrenos, emprendimos la marcha al amanecer. Horas y horas de duros caminos de piedra y arena, inmensas dunas y el cálido desierto, eso era lo que me esperaba a partir de aquí, yo no sabía cual era el itinerario, siquiera la ruta a seguir marcada en un mapa con una lengua que no entendía solo me deje llevar. Durante el camino, intentamos hablar mezclando el ingles, francés y como no algo de Bereber, quería aprender de aquellos dos guías que el consulado me había acreditado como los mejores del país, y fue así como pude saber algo de lo que el viaje me iba a deparar.

Las sensaciones que el desierto despierta son tan increíbles e intensas como su paisaje. Durante el día es contemplar como una paleta de colores, amarillo, naranja y negro dibujan las siluetas de las dunas, los reflejos del sol en la brillante y fina arena que se deja llevar desde la cresta por el viento. Nada parece estar quieto, viajamos a poca velocidad a lo que nos permite ese abrupto y tosco terreno, todo es movimiento en un lugar donde no parece haber vida alguna, la arena se mueve las sombras cambian de posición como si estuvieran persiguiéndonos. La noche es tan oscura, sin una luz que contamine la atmósfera, que puedes ver estrellas que jamás habían salido antes, como millones de diminutos diamantes sobre el negro brillante del terciopelo.

El segundo día comenzó el verdadero viaje, aquel que me llevaría a conocer el más hermoso de los jardines que la tierra tuvo nunca, descubrir la transformación de la naturaleza sin la intervención del ser humano. Zinkira, la región de los veinte y un lagos, asombrosos lagos de agua azul salada separada por cordilleras de dunas, misteriosamente entrelazados por nacimientos subterráneos. Ahora empezaba a entender lo que los dos guías me iban a mostrar, la inmensidad del Sahara que un día, tal vez el mismo en que la lengua Bereber apareció, fue la tierra mas fértil del planeta.

Visitamos algunos de los lagos, rodeados por escasa vegetación entre la que predominaban las palmeras. Era fascinante caminar por la arista de una duna con los pies hundidos en la ardiente arena y ver unos kilómetros mas allá como el azul brillante del agua rompía en mitad del anaranjado paisaje. Y al llegar a lo alto de una colina de piedra pulida por la arena empujada por el viento, imaginar que hubo un día en que todo aquello fue un inmenso mar poblado de innumerables especies vegetales y animales.

Proseguimos el viaje en busca de más pruebas que hicieran despertar nuestra ignorancia y mostraran el pasado tal como fue.

Después de dos días de viaje llegamos a la formación rocosa de Akakus, una inmensa pared de piedra lisa que escondía innumerables sorpresas. Antes del amanecer, aprovechando que el calor aún no se hacía insoportable, comenzamos a escalar hasta llegar a una cavidad entre las rocas. Allí descansamos y esperamos que aparecieran los primeros rayos del sol.

Con la luz, podía distinguir unos surcos grabados en la pared, tome mi cuaderno y el lápiz y trace las líneas grabadas en la roca. Estaba asombrado, excitado, había dibujado sin querer la silueta de un elefante, unos metros a mi derecha encontré el grabado del búfalo antiguo, jirafas, hipopótamos y bestias salvajes e incluso un cocodrilo. Era imposible escapar de lo evidente, aquellos animales grabados en la piedra eran el fiel reflejo de lo que los habitantes de estas tierras en un tiempo ya lejano vieron y con los que convivieron.

La ruta que seguimos durante casi diecisiete días fue como visitar museos rupestres con escenas de caza, de recolección de frutos y cereales, escenas de la vida cotidiana, y en algunas de las paredes símbolos de Bereber antiguo grabado, símbolos que por desgracia no pudieron traducir, seguro que en ellos se esconden algunos de los secretos de los que habitaron este lugar.

Meseta de Tassili, traducido a nuestra lengua sería “meseta entre ríos”. Me encontraba en esta meseta, a más de mil ochocientos metros de altitud, fotografiando los cauces secos por los que algún día debió correr abundante agua. Había llegado al final de mi viaje en esta meseta de Argel. Quería aprovechar el día, antes que llegara la noche y junto a unas decenas de Tuaregs y los guías encendiésemos las hogueras para dar la bienvenida al año nuevo. No quisiera sacar conclusiones erróneas de lo que en Tassili descubrí y que dieron un giro al sentido del viaje, que sin saber porque comenzó en otro país para llevarme hasta aquí.

Fueron los últimos grabados y sin duda alguna, los más sorprendentes y desconcertantes. Todo hasta ahora había seguido una lógica para llegar a entender que no siempre el Sahara fue el desierto que hoy día conocemos. Los grabados eran similares en técnica a los anteriores, pero los animales allí representados eran como macabras imágenes de la creación. Jirafas con dos cabezas, hipopótamos con dientes de cocodrilo, gacelas con cabeza de rinoceronte y así un sinfín de grabados. ¿Animales mitológicos, pesadillas, o visiones de una extraña realidad?. No lograba encontrar relación alguna, como si el camino aquí se desviara del inicial, y más fue mi confusión al ver por último al gran Dios. Una figura grabada en la pared de una silueta humana de mas de tres metros de altura, y al dibujarlo en mi cuaderno sin tener que utilizar mi imaginación vi la imagen perfecta de algo semejante a un buzo o astronauta, con su escrafanda perfectamente sellada al traje, botellas de oxigeno, manoplas que no dejaban distinguir los dedos y botas hasta la espinilla, una vestimenta extraña para aquella época. Y cerca de él mas escenas de seres humanos conviviendo con estos extraños seres y utensilios impensables para la gente de aquella época. Ahora si la fantasía se dispara. Eran Dioses, o seres venidos de otros lugares que cohabitaron con los humanos y les enseñaron el complejo lenguaje Bereber.

Nunca llegaremos a saber que se esconde en los miles de monumentos esparcidos por el planeta y en los que no logramos entender porque nuestros antepasados pusieron tanto empeño. Miraremos asombrados las ciudades que las antiguas civilizaciones levantaron rompiendo toda la lógica del ser humano.

Mayas, Egipcios, Pascuenses, Tuaregs, y un sinfín de culturas que lograron alcanzar lo que nosotros en este siglo veintiuno perseguimos, adelantarnos al futuro. Recorrer estas culturas e intentar indagar más allá de lo visible es como volver en el tiempo en un espacio circular donde todo se vuelve a encontrar.

Construiremos rascacielos más altos que las pirámides de Egipto, avenidas mas anchas y largas que los Aztecas, ciudades que desafíen las leyes básicas del Universo como los Mayas. Alzaremos monumentos de acero, iluminaremos la noche para realzar su magnitud y belleza, pero jamás lograremos esconder en ellos intrigantes enigmas, tener coincidencias tan precisas con mundos futuros o lejanos a este, y no encontrar la lógica explicación. La astronomía y la medicina, caminan sobre el sendero que sin medios ni tecnología conocida, ya hace miles de años atrás empezaron a descifrar nuestros antepasados, calendarios solares, mapas estelares, galaxias, operaciones de cráneo, extirpación y transplante de órganos y quien sabe si también manipularon el ADN.

En estas tierras se cuentan historias de hombres que vinieron en extraños carros de fuego, de Dioses que convivieron con los humanos, todo es mágico y misterioso, aquí donde la imaginación y la lógica se confunden. Espero poder entender algún día todo lo aprendido estos días, tal vez esté aquí la respuesta al amor y no en París, quizás este escrito nuestro futuro y no en los rascacielos de Nueva York, porque buscar en otros planetas las pruebas de otras formas de vida, e ignorar las huellas que en este nuestro mundo dejaron esas extraordinarias civilizaciones.

El sol empezó a esconderse. Después de intentar razonar lo vivido durante estos días y asimilar lo aprendido, decidí no darle más vueltas al asunto. Sacar hipótesis e imaginar otros mundos en estos momentos, es seguir el rastro de la ignorancia. Cerre aquel bloc de notas en el que plasme el viaje y tras descansar unas horas, me apresure a salir y celebrar las últimas horas del año viejo y las primeras del nuevo con la compañía de aquella gente y en mitad del lugar más encantador en el que jamás había estado, esperando que antes de regresar a mi hogar me sorprendiera una vez más.

Aquella última noche del año salieron todas las estrellas para escuchar las sabias palabras del más viejo de los Tuaregs. Sentados alrededor de una gran hoguera, pintados con los colores de guerra y con el atuendo de las grandes ocasiones, el resto de los hombre de la tribu se iban sentando al lado del viejo respetando el orden jerárquico, y yo allí en mitad de la nada rodeado por un mundo nuevo contemplaba aquel lienzo de colores confundidos con la oscuridad, envueltos por el frío nocturno del desierto, por el silencio susurrante del viento y por el lento y constante murmullo de las dunas.

Se acercó una mujer, cubierta hasta su rostro y dejando ver el verde esmeralda de sus ojos que se fundía con el reflejo brillante de las llamas. Traía una jarra con bebida procedente de la fermentación de la fruta del árbol de la alegría, árbol al cual llamaban así los nativos debido al efecto que causa en los monos y otros animales al comer estos sus frutos, los cuales contenían una gran cantidad de alcohol, produciendo el extraño comportamiento de euforia y falta de equilibrio en los primates y demás animales asiduos a comer dicha fruta. Era inquietante el silencio que se produjo cuando el anciano comenzó las oraciones para convocar a sus dioses, parecía estar en una enorme catedral donde el eco de las oraciones retumba en las bóvedas dando la sensación de que es Dios quien esta hablando, el anciano pasó la jarra y siguiendo la dirección de las manecillas de un reloj la jarra pasó por cada uno de los presentes.

Al momento se hizo el silencio y todos agacharon las cabezas mirando al suelo. El viejo se puso de pie para hablar. No pude evitar pensar que tal vez ahora el anciano podría dar respuesta a algunas de mis preguntas, iba a relatar algo para que su sabiduría pasase a los allí presentes y así a sucesivas generaciones. Y como no, en Bereber antiguo comenzó a narrar la historia.

Uhuano, una de las divinidades, cansado de ver como los hombres hacían ofrendas para conseguir esposa e incapaz de comprender que sentimientos movían al ser humano a ello, bajo un día desde su reino y vino a la tierra para intentar entender porque para los hombres era tan importante aquello que en oraciones y ofrendas le pedían. Tomo forma de hombre joven y llego al poblado.

Pasaron los días y no sentía aquello que con frecuencia veía en aquellos que ahora eran sus semejantes, por mas que mirara a las mujeres. Pero llego un día una caravana de mercaderes, cargados de telas, especies. Todo el poblado se corria para ver las mercancías. Uhuano que se acerco por curiosidad pues en el no habitaba la codicia ni el afán de poseer, sintió como su interior despertaba al ver allí sentada sobre las telas de seda a una mujer. Lentamente y con temor le tendió la mano. El señor y dueño de la caravana se golpeo con una fina vara la mano de Uhuano sin que este se percatara, la mujer era una esclava, si la quería debía pagar por ella.

Uhuano no tenía dinero, ni posesiones, ni siquiera la necesidad de ellas, y vio como la caravana se alejó entre el tupido palmeral. Cuando pudo reaccionar y entender lo que le había pasado, corrió tras ella.

Inconsciente de lo que estaba haciendo robo una cabra y un ternero para poder pagar al mercader y liberar a la mujer para hacerla suya.

Así lo hizo al cabo de siete noches cuando alcanzó la caravana en un poblado cercano. Uhuano era feliz sacio, aquel sentimiento que despertó al ver tanta hermosura y fragilidad envueltos en finas sedas.

Pero los dioses que vieron avergonzados el comportamiento de su igual no pudieron dejar impune aquel acto, que manchaba el más puro de los sentimientos del ser humano, no podían consentir que para llegar a algo tan hermoso, Uhuano fuera capaz de intervenir y perjudicar a un pobre mortal.

Una noche fría, vinieron a la tierra para arrebatársela, castigando así aquellos actos impuros obrados para poder saciar un deseo, y no pudiendo hacer nada contra su semejante, dejaron sin alma ni aliento, la mujer que amaba.

Uhuano desesperado, avergonzado y triste caminó durante días entre la espesa selva hasta que el cansancio no le dejo avanzar más. Se sentó junto a un árbol y se dejo llevar por sus sentimientos. Poco a poco moría de tristeza y con él todo lo que había a su alrededor. Trece días bastaron para absorber la última gota de vida que en él quedaba, trece días para convertir aquella selva en el más desolado y árido de los desiertos.

Y al decimocuarto día los dioses, viendo lo que la fuerza de aquel sentimiento fue capaz de desencadenar decidieron intervenir.

Desde entonces las vidas caminan por este mundo, cada vida un grano de arena de ese desierto, llevado de un lado a otro por el viento, y cuando dos granos de arena coinciden por las fuerzas que los mueven, terminan unidos con tanta fuerza, que nunca mas el viento los podrá mover, unidos con tanta convicción que de esos dos granos saldrá una nueva duna, emergiendo hacia el cielo y avanzando lentamente hasta que al final de sus días se disuelven en las claras aguas del mar.

 

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